Sara Pérez, la leal compañera de Francisco I. Madero
Sara Pérez Romero era una señorita queretana, de San Juan del Río, nacida allí en 1870. Hija de hacendado, recibió clases en su casa, como correspondía a una joven cuya familia podía costear esa educación. En 1893 fue enviada a estudiar en Estados Unidos, en el colegio que dirigían las monjas de Notre Dame. Allí hizo amistad con dos muchachas del norte mexicano, Mercedes y Magdalena Madero. Era natural que conociera a los hermanos varones de sus amigas, Francisco Ignacio y Gustavo Adolfo, que acababan de llegar de Francia, donde hicieron estudios de administración, y ahora se iban a California, a la Universidad de Berkeley, a complementar sus conocimientos en el Departamento de Agricultura, con miras a integrarse, un día, en los negocios familiares.
Aquella mujer pequeñita, de gesto bondadoso, demostró, en los peores días de su existencia, que era fuerte, muy fuerte. De otra manera no hubiera podido sobreponerse al dolor experimentado cuando vio a su Pancho, al presidente Madero, muerto, sobre una mesa de la enfermería de la cárcel de Lecumberri, envuelto en una tela tosca, para que nadie viera la herida mortal que delataba el modo traicionero en que lo habían asesinado.
Al ser asesinado Francisco, tuvo que vender el caballo de su esposo para pagar su funeral. Primero se acogió al asilo en Cuba, gestionado por el embajador Márquez Sterling. Después, se marchó a Estados Unidos. Sara regresó a México en 1915, y fue a vivir a una casa, comprada para ella por sus hermanos, en el número 88 de la calle de Zacatecas, en la colonia Roma, cerca del Panteón Francés de la Piedad, donde había sepultado a su esposo
Sosteniéndose con una pensión vitalicia que le otorgó Venustiano Carranza, Sara Pérez de Madero sobrevivió a su Pancho 39 años. Murió el 31 de julio de 1952. Tenía 81 años, y había visto a México transformarse. Eran tiempos de la naciente televisión, tiempos de radio, gobernaba Miguel Alemán. A su sepelio, en la misma tumba de Francisco, asistieron expresidentes, revolucionarios, una viuda de Villa, todos personajes de una época intensa que empezaba a ser sólo memoria
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